habla médico cubano que venció el coronavirus

Es el caso 91, el penúltimo de los confirmados a la COVID-19 hasta ahora en la provincia de Holguín. Desde el 5 de mayo, cuando trascendió su positividad al SARS-CoV-2, su evolución fue seguida, paso a paso, por muchos a través de ese número, entre la ansiedad y el optimismo.

Pero su pelea, “cuerpo a cuerpo”, contra el nuevo coronavirus comenzó mucho antes de ese día. Fue, exactamente, cuando decidió ocupar puesto en la primera línea de combate, como uno más de los siete profesionales que integraron la primera brigada que abrió la atención a casos sospechosos y contactos en el hospital Lucía Íñiguez Landín.

Es larga la historia, llena de momentos difíciles y tensiones, porque de médico de cabecera pasó a ser uno de los pacientes graves y con múltiples complicaciones por los cuales los equipos multidisciplinarios del hospital militar Fermín Valdés Domínguez han tenido que luchar bien fuerte para salvarles la vida desde marzo hasta ahora.

De eso no tiene dudas el doctor Joel Leyva Rodríguez, quien de vuelta a su hogar en la calle Fomento, tras 37 días fuera del calor de la familia, confiesa con sus ojos verdes humedecidos, que “todavía estoy un poco triste, estuve de shock en shock. Sentí de muy cerca la muerte”.

El especialista en Medicina General Integral, máster en Terapia Intensiva y diplomado en ultrasonografia y en ventilación mecánica, fue dado de alta clínica al mediodía de este 21 de mayo tras ganarle la pelea a la COVID-19 en buena lid, para anotar otro triunfo más de la medicina cubana, holguinera a esa letal enfermedad.

Ahora acomodado desde un sillón de la casa comparte la experiencia vivida en las últimas jornadas, cuando “percibí de cerca la muerte, no lo voy a negar; sentí la sensación de que podía morir, al ver toda la parafernalia de la que uno está acostumbrado como médico, equipo de ventilación, desfibrilador encendidos y otros junto a la cama del crítico o grave, además observar a los médicos alrededor mío preocupados, pude percibir que el estado de gravedad era importante y que podía perder la vida”.

Joel es de fácil conversación y por eso no hacen falta muchas preguntas. Mientras habla no deja de intercambiar miradas con su esposa, médico también, quien lleva aún reflejado el susto en el rostro y hasta llega a comentar que la madre del doctor está ajena todavía a lo que le ha pasado al hijo.

Vuelve él a tomar el hilo de la plática y lo dejo exteriorizar sentimientos con toda libertad. “Mi centro de trabajo es el policlínico Alcides Pino, pero hace dos años, en medio del enfrentamiento al dengue, estoy destacado en el hospital Lucía Íñiguez, en la sala de cuidados especiales para paciente crítico con esa enfermedad, que no ha terminado tampoco acá”.

Recuerda, que como parte de la preparación en marcha en la provincia ante el nuevo coronavirus se programó un diplomado de ventilación mecánica para la COVID-19 y fueron escogidos profesionales vinculados a la Terapia Intensiva, Clínicos y anestesiólogos.

Se arman cuatro brigadas en el hospital, que ya estaba previsto asumiera la atención de casos sospechosos y con infecciones respiratorias agudas. Él había dado su disposición y así comienza la labor directa en la zona roja.

“Sobre la marcha se fueron clasificando y aislando casos. Uno de los dos primeros ingresos es por el diagnóstico de infarto, pero venía contaminado con el virus. El jefe de equipo, el doctor Jose (también positivo), y yo, fuimos los que trabajamos más de cerca con ese paciente, al cual fue preciso hacerle varios procederes, abordajes profundos, ultrasonidos y una serie de tratamientos médicos imprescindibles de cumplimentar durante el pase de visita diario que se les hace a todos en sala.

“Parece que nos contaminamos ahí. El colega y yo estuvimos asintomáticos. Pero, aproximadamente, a los tres días ya de estar en el área de aislamiento en la cuarentena en Playa Blanca, después del trabajo de 14 días en el hospital, nos comunican que uno de los pacientes que habíamos atendido era positivo. Ese momento fue conmovedor, porque cualquiera de los siete médicos podíamos estar infestados, además del personal de enfermería, que era bastante numeroso, dos por cada cubículo”.

La zozobra fue a partir de ahí dueña del grupo hasta que al séptimo día que se les hace la prueba de la PCR en tiempo real y el 5 de mayo les confirman a Joel y al doctor Jose Alberto (número 92) la positividad al nuevo coronavirus. “De ahí fue directo al hospital militar, donde comienza el protocolo de tratamiento, con los medicamentos consabidos y ya al tercer día comienzo a presentar alguna sintomatología, principalmente del tipo radiológica, se aceleró el eritro y cosas banales.

Pero a medida que el tiempo fue pasando los inconvenientes empezaron a sobrevenir: dolor precordial, fiebre al Interferon por días, y todo comienza a complicarse hasta que el grupo de expertos decide el traslado a la sala de Terapia Intensiva, con el diagnostico de una complicación de la COVID-19”.

“Comencé a hacer al mismo tiempo una neumonía de tipo viral, con derrame pericardio con pericarditis y una miocarditis; hubo un componente general de complicaciones; que trajo consigo que en la noche segunda, luego del diagnóstico, se reúna el grupo de expertos porque aparecen otros cambios eléctricos, arritmia, que ponen en peligro mi vida y se decide comenzar el tratamiento más intensivo, con medicamentos de primera generación de nuestro país, como el CIGB 258 con el cual el cuadro grave, crítico va cediendo poco a poco.

El cardiólogo observa mejorías en el ritmo cardíaco y que el derrame pericardio empieza a reabsorberse. Gracias a la virtud de esos médicos pude rebasar la gravedad y estar hoy aquí contando lo sucedido”.

Mientras habla trata de desmenuzar términos médicos para hacer más comprensible la conversación llena de emociones y también de agradecimiento.

“Estuve grave cinco o seis días, que fueron los más críticos. A mi mente llegaron en esas horas la tormenta de citoquinas, que es una hiperreacción del organismo hacia el virus y puede llevar a que el mismo organismo se destruya y te mate. Es una de las complicaciones más temidas en la COVID-19, lo cual conocíamos bien por la preparación recibida para comenzar a trabajar con los pacientes del ¨Lucía”.

Confiesa que para él, que ha conocido y visitado clínicas y hospitales de primera generación en sus misiones internacionalistas en el exterior, el hospital militar Fermín Valdés Domínguez es una joya en la preparación y calidad humana de su personal médico y paramédico, equipamiento, disciplina.

“Allí todo funciona como un reloj de la mejor marca, desde la encargada de hacer la limpieza de las habitaciones todos los días a la misma hora con una forma de hacer la cosas justas y cuidado terrible, la desinfección perfeccionista, la medicamentación a la hora hasta su directora”.

Por eso su agradecimiento y deuda eterna para con ese equipo, pero también con todos los que “desde el Ministerio de Salud Pública, directivos del sector, colegas hasta el último holguinero, que siempre me hicieron sentir lo importante que era y soy para ellos, una muestra de cómo el país se preocupa por cada una de las personas que va a un combate, y yo me sentí haber ido a un combate, en el que perdí una pelea, pero no la guerra, porque aquí estoy recuperándome y dispuesto a volver a la contienda contra la COVID-19”.