Jacqueline Arenal regresa a la televisión cubana con “Rompiendo el silencio”

Desde que conocí personalmente a Jacqueline Arenal Farré en casa de su padre, mi amigo Humberto, me propuse realizarle alguna vez una larga entrevista, porque quienes la ven en la pantalla o en las tablas pueden apreciar su profesionalismo, pero solo quien ha hablado con ella conoce de su profunda cultura.

Si a ello se une que es una excelente madre, que idolatró a su madre Marta, tanto como a su padre, que es buena hermana y amiga, se entiende el porqué de mi interés en hacerle unas preguntas que abarquen sus múltiples facetas.

FORMACIÓN

¿Qué le debes a tu padre escritor y a tu madre actriz?

Además de que les debo la vida, les debo todo un legado de enormes valores. Tengo la suerte de deberles una infancia y una vida en general con mucho amor, algo que a lo largo de mi experiencia he visto que muchos no han podido tener. Aportaron un apoyo infinito hacia todos mis sueños; les debo que fueran la semilla para realizar muchos de esos sueños.

A mi padre, por haberme puesto los libros en las manos desde que era muy pequeña, su insistencia en que leyera, en que fuera una lectora, le debo haberme hecho parte desde muy niña de todas sus experiencias como director, lo mismo en el teatro musical que en cualquier otro sitio, incluso en extramuros, donde dirigió y siempre tomé parte de esas experiencias. A veces, simplemente con llevarme, me permitió soñar a través del teatro, tener una infancia rica en los sueños y fantasías que el teatro puede darle a los niños. Obviamente le debo que ahí haya surgido un sueño muy importante, que era pertenecer al teatro, a la actuación, al mundo de la cultura. Un mundo fascinante para mí y del que terminé formando parte gracias a su influencia y apoyo.

A mi madre, además de todo lo que te digo para los dos al principio, le adeudo que haya sido absolutamente dedicada a mí desde que nací. Pasé una enfermedad bastante difícil de superar, prácticamente una septicemia, por una infección adquirida en el hospital cuando ella me tuvo y que, al no ser descubierta a tiempo, comprometió mi vida en los primeros meses. Ella luchó como una leona, sin separarse de mí esos meses en el hospital, del que no salí hasta que gracias a Dios y a un médico maravilloso que ella misma logró conseguir, salvaron mi vida. Así siguió siendo mi vida con ella, una madre que vivió prácticamente para mí. También apoyó todos mis anhelos, cuando en principio dije que quería dedicarme al ballet, me acompañó días, noches, madrugadas para que yo pudiera cumplir ese sueño. Y le debo a mi madre haber visto, además, una actriz fabulosa en ella, a pesar de haber pasado por circunstancias muy, muy dolorosas en su vida, entre ellas mi gravedad. La vi resurgir en el escenario como el Ave Fénix, tras estudiar madrugadas enteras con una pasión, un sacrificio y una disciplina impresionante. La vi en las tablas, a veces dirigida por mi padre, y por otros muchos, y realmente fue una inspiración muy profunda.

Hay una tercera persona que ha influido también en lo que soy, como artista y ser humano como: mi hermana Marta Díaz, le decimos Riri… En el mundo teatral todos la conocen por Riri, hoy la directora artística de Okantomí, pero desde que yo era niña, la vi trabajar en ese grupo de teatro para niños. Me llevaba a las funciones, los ensayos, participaba yo misma en la construcción de los títeres y me puso también a actuar en sus obras. Una mujer que hizo de mi niñez una cosa fascinante, un juego interminable de la imaginación.

Entre los tres me armaron con cantidad de experiencias y buenos ejemplos, de fantasía, ilusión, de disciplina y de mucho esfuerzo, de saber que hay que emplearse a fondo en los sueños para conseguirlos. De los tres aprendí también qué es que el amor y de la importancia de lo que se hace con amor en esta vida.

¿Cómo llegas a la actuación?

A pesar de crecer dentro del teatro, a los 8 años brotó en mí otra vocación. Iba mucho con mi padre al Amadeo Roldan, cruzábamos el parque frente a nuestra casa y ya estábamos en ese teatro bellísimo que lamentablemente Cuba ha perdido, que era la sede de los conciertosde la Sinfónica. Él era un amante de la música clásica y aprendí al lado suyo a amarla también; eso me conectó con la idea de bailar, empecé a ver también ballet y me dije “quiero ser bailarina de ballet”.

Hice toda la carrera de ballet, una carrera dura, difícil, donde uno prácticamente solo vive para eso, desde los 8 años y hasta que me gradué a los 18. Desde niña empiezas a trabajar y realmente te pierdes mucho del hecho de ser niño, de jugar. Sin embargo, a pesar de mi gran vocación por bailar, nació en mí el bichito de querer actuar, de ser actriz de teatro; eso siempre estaba, incluso cuando bailaba y mis maestras decían “esta es muy artista”, refiriéndose a que yo le ponía no solo técnica, sino quizás mucho sentimiento, esa parte que tiene que ver con la actuación. Seguí la carrera de bailarina clásica hasta el final, aunque en medio de todo eso, una fuerte vocación por las tablas iba creciendo conmigo. Quise terminar porque es importante terminar lo que uno empieza y además porque me aportaba muchas cosas: no sólo ballet, además aprendí de folklore, de música, de idioma francés y a enfrentarme al público desde esa temprana edad.

En mi época estuvo cerrada la Escuela Nacional de Arte (ENA) durante mucho tiempo y la única manera de estudiar actuación era el Instituto Superior de Arte (ISA). Entonces, en silencio, empecé a prepararme yo misma para enfrentarme a esas pruebas en algún momento, y cuando faltaban unos seis meses se lo comuniqué a mis padres. Quedaron impresionados porque habían visto mi sacrificio en la carrera de bailarina, pero, como siempre,me apoyaron, aunque me dijeron que hiciera las cosas un poco por mí misma, que ganara no “por ser hija de…”.

Mi madre habló con Flora Lauten, profesora del ISA, amiga y directora, para que me ayudara, pero ella es una mujer tremendamente ética y sería parte del tribunal, y recomendó a una alumna suya, Selma Soreghi. Formada en una férrea disciplina, ella me decía “a ver, ¿cuál es tu monólogo?”; yo le decía “Mi hermana Visia de Onelio Jorge Cardoso” y se encerró conmigo en el cuarto, me dijo “házmelo”, y apenas empecé, me decía “mentira, mentira, mentira”; luego utilizó otra técnica, por ejemplo, “vámonos a correr a la calle y me lo vas decir corriendo cuando te diga”, y cuando estaba ya muy agotada, me decía “ahora”. Así es Selma, una actriz maravillosa, formó parte de Buendía y en este momento no vive en Cuba. Me ayudó mucho porque me colocaba en circunstancias extremas, para que pudiera salir la verdad. Finalmente, me presenté a los exámenes del ISA, quedé dentro de las personas aprobadas y así entré, por una decisión personal, a estudiar actuación.

CINE

¿Con tu experienciade hoy aceptarías ser la Sofía de Carpentier, como lo hiciste a los 18 años?

Cuando fui escogida para El Siglo de las Luces estaba cursando el primer año del ISA y tuve que pedir una licencia porque fue un rodaje que duró mucho, se filmó en Francia, en Rusia y una parte en Cuba, significó prácticamente un año de trabajo. Claro, ahora no podría hacer Sofía porque justamente ese personaje encarnaba a una muchacha de la edad que tenía entonces. Estaba aterrada cuando hice el casting pero a Humberto Solás le gustó y en una entrevista para el periódico Granma explicó que me había elegido porque él tenía experiencia de trabajar con actrices sin experiencia. Él mismo se consideraba una escuela y lo era, me ayudó inmensamente; me dio literatura a leer, me puso a veces en situaciones emocionales fuertes para que aprendiera a manejarlas. Obviamente, yo no tenía todavía la técnica, sólo mucha intuición, lo que podría traer de talento innato y muchas ganas.

A veces uno dice como aquel bolero, si pudiera unir experiencia y juventud, sería fascinante, si hoy tuviera una imagen física de 18 años tal vez haría una mejor Sofía. Pero yo estoy satisfecha con aquel trabajo, donde recibí la ayuda incondicional de Humberto Solás, aprendí mucho y creo que me hizo crecer profundamente y en un tiempo muy corto.

Sé que trabajaste en El humano perfecto de Lars Von Triers y que no lo conociste en ese momento.

¿Y después?

Fue todo muy loco, una gran oportunidad y algo que no me podía creer. La razón por la cual no lo conocí es que él no cogía aviones. A través de una pantalla, su codirector y los actores nos comunicábamos con él y él iba dando cantidad de instrucciones. Nunca lo he podido conocer personalmente. La película se hizo de incógnito, prácticamente, en La Habana, nadie sabía que eso estaba ocurriendo y como no se hizo con una institución de Cuba, no quedó copia aquí de la filmación. No vi la película hasta muchos años después, que yo viajé a Colombia y la pude comprar. Aunque nunca he tenido contacto con Lars, fue una experiencia que me marcó profundamente y no descartaría la posibilidad de conocerlo y volver a trabajar con él, que es un privilegio impresionante.

¿Existe en este momento algún filme en la palestra?

Hay un director de cine con el que siempre he soñado trabajar, Fernando Pérez, un ser de otro planeta, impresionante por su bondad, la humildad de este inmenso creador. Creo enormemente en la ley de la atracción y tanto he pedido que sucediera, que finalmente voy a trabajar en su próxima película. Era lo que iba a empezar a hacer cuando hubo que parar por esta cuestión del coronavirus. No digo el título porque todavía está en discusión, pero ya está todo preparado, hemos hecho pruebas de vestuario, de maquillaje, el trabajo de mesa y espero apenas se sobrepase este momento tan difícil para la humanidad, mi sueño se haga totalmente realidad y estoy muy feliz con esta oportunidad de la vida.

TELEVISIÓN

¿Cuándo empezaste en la televisión, cuál fue tu primer trabajo y cómo llegaste a él?
Mi primer trabajo en televisión fue hacer La Cenicienta para el espacio Había una vez. Estoy muy agradecida con la vida porque desde muy joven me ofreció oportunidades valiosas y La Botija fue mi segunda obra. Una joya, no sé si esa serie todavía se conserva, ojalá se pudiera retransmitir porque es una maravilla, con la dirección de Danilo Lejardi, fotografía de Ángel Alderete y un elenco de grandísimos artistas. Ahí compartí protagonismo con Vladimir Cruz, el actor de Fresa y Chocolate, en una época cuando ambos aún estábamos estudiando.

Era una gran historia, con un guion extraordinario. Entonces existían unos Estudios de las FAR que hacían cosas fabulosas, como esta serie de 18 capítulos, rodada con cámaras de cine en los escenarios naturales de la Sierra Maestra. Tuvimos que vivir en el Pico Turquino y nos movíamos en burro.

¿Cómo llego ahí? Se corre la voz en el ISA de que estaban buscando gente muy joven y que parecieran aún más jóvenes de lo que eran, para una serie que iban a hacer. Nos presentamos varias muchachas al casting y estaba preocupada porque el personaje era el de una guajirita y yo me había criado en La Habana. Pero Danilo Lejardi es un director con una sensibilidad especial para adaptarse al universo del actor joven y ya en la primera conversación, al entregarme las escenas fue muy claro sobre lo que quería y me ofreció información precisa. Vine para mi casa, me empecé a preparar, a buscar por ahí algo de ropa que me pudiera servir y cuando me presenté ya era una persona desconocida. Él no sabía quiénes eran mis padres, me eligió simplemente como una alumna más del ISA. Guardo la experiencia maravillosa de las valientes mujeres de la Sierra, aquellas niñas que conocí allí y me enseñaron una forma de vida no exenta de belleza, que yo desconocía.

¿Ya te has librado del nombre de Verena? ¿Qué te dio ese personaje, sólo popularidad?

No me he quitado todavía ese nombre de Verena Contreras. Así me llaman por los aeropuertos, los hospitales, en todos lados la gente me recuerda mucho y me bautizó con ese personaje. Al principio uno lucha contra eso, piensa en que ha hecho muchos, que si eso significa que los otros no gustaron tanto. Pero Verena conectó con una gran cantidad de público y me dio eso que llamamos popularidad, que es importante no solo como alimento de tu ego, sino porque indica que llegaste al alma de la gente y eso es algo muy difícil. Hay actrices y actores buenísimos que nunca lo han conseguido, así que con el tiempo entendí que eso es un tesoro, porque la gente en Cuba no solo te pide una foto sino también te ayudan mucho cuando eres un personaje querido para ellos. El público cubano decidió que soy Verena y lo soy.

Ahora, eso no es lo único que me dio Verena. Yo creo que Tierra Brava es una obra de televisión muy bien escrita, inspirada en Media Luna, una novela de Dora Alonso que es excelente. Como actor tú puedes intentar lo que quieras, acudir a tu experiencia, talento, herramientas, pero si hay un mal guion, tienes el 80 por ciento de la batalla perdida. Xiomara Blanco hizo una versión muy interesante, con historia y personajes muy sólidos y ella es una excelente directora de televisión. Era mi primera telenovela, pasaba de hacer cosas de pocos capítulos a una de 120, en un papel protagónico y teniendo que trabajar más de doce horas diarias, con veinticinco escenas al día, teniendo que aprender tanta cantidad de texto y con la capacidad de resolver rápidamente los requerimientos del personaje. Nadie se imagina el trabajo que lleva y la inmediatez con que hay que resolver los problemas en una telenovela.

Así que aprendí mucho, del lenguaje de la telenovela y de actuación también, acompañada por un elenco maravilloso de actores con los que compartí escena, uno nunca para de aprender y con suerte llegas a poder en algún momento enseñarle algo a los más jóvenes. Considero que esta fue una oportunidad muy importante, no por gusto es una telenovela de las más recordadas, que la gente vuelve a ver y disfrutar.

Háblame de tu experiencia en las telenovelas colombianas.

En dieciséis años de trabajo ininterrumpido en Colombia, participé en muchas telenovelas, series, y en trabajos monotemáticos, los que aquí llaman teleplays, o sea películas para televisión. Entré haciendo un personaje muy popular, el de la tía Yoli en Los Reyes, y fue muy complicado, porque si a veces es complejo conocer la cultura popular incluso dentro de tus propias raíces, peor es llegar a otro país y, aunque hablen el mismo idioma y tengan cosas comunes, hay grandes diferencias y se necesita investigación y poder de observación. Sin embargo, esa novela fue un exitazo allá, y tuve la suerte, ¡otra vez!, de encontrarme con un director maravilloso, Mario Rivero, hombre de muchos conocimientos del audiovisual y la técnica del actor, que había estudiado cine en Rusia, y además gran ser humano, quien me ayudó enormemente para interiorizarlo más rápido posible el trabajo de interpretación que me tocaba hacer.

En Cuba había hecho algunos personajes populares; sin embargo, allí no me conocían de nada y fue una oportunidad increíble para una actriz que estaba partiendo de cero, un reto importante que me dio una conexión inmediata con la gente de Colombia. A partir de Los Reyes, que fue una novela con un rating comparable al de Tierra brava, en el canal RCN me dieron una exclusividad por cinco años y por lógica llegaron varios personajes populares similares, y a veces incluso decidí no aceptar, porque les dije no quería encasillarme y fueron generosos en ese sentido y me propusieron otro tipo de cosas.

Ya después interpreté a mujeres más sofisticadas, representantes del estrato de personas ricas. Hice algunos personajes populares con Caracol. En la serie Mujeres asesinas hice algo completamente distinto: una mujer esquizofrénica que termina matando a su marido. Después trabajé en Pablo Escobar. El patrón del mal, en el rol de una periodista que fue secuestrada por el narcotraficante. Para ello me entrevisté con la persona real y lo considero de mis trabajos más importantes porque interpretaba a una persona de otra nacionalidad, por delante de otras actrices colombianas, y es una mujer de la cual la gente tiene referencia, sabe cómo es físicamente, su carácter, su acento, porque en Colombia hay grandes diferencias en el acento según la región. He hecho personajes muy diversos; recientemente, hice de una mujer proveniente de un medio popular, pero que llega a ser rica y tiene un reality show en Miami, un personaje fuerte pero a la vez divertido, humano y dictatorial, un personaje complicado. También interpreté una con esclerosis múltiple, un compromiso como actriz muy complejo, que llevó gran trabajo de investigación sobre la enfermedad. Así que el rango de personajes hechos en Colombia es muy amplio.

Con Rompiendo el silencio vuelves a la televisión cubana. ¿Nos adelantas un poco de este trabajo?

Estoy muy feliz porque el regreso a la pequeña pantalla cubana sea con esta serie, que ya tuvo una primera temporada cuando yo no estaba aquí. En esta segunda, la cosa va sobre el maltrato de género, el maltrato en general, el maltrato laboral, cualquier tipo de maltrato. Un tema álgido para mí, porque además soy una gran defensora de las víctimas de cualquier tipo de maltrato, desde el psicológico hasta el físico de cualquier índole. Creo que nosotros hacemos personajes, pero cuando nuestros personajes se convierten en voceros de nuestras preocupaciones, de nuestras luchas,también es una gran oportunidad.

En este caso el director es el Chino (Rolando) Chiong; ha hecho un excelente trabajo, el guion es suyo también. Hago a una víctima de maltrato y, por primera vez, comparto rol protagónico con Pichi (Jorge Perugorría). Ambos teníamos ganas de trabajar juntos desde hace tiempo y estamos en un estado de madurez en todo sentido, que nos permitió acercarnos a estos personajes tan complicados. No quiero adelantar mucho más, quiero que la gente vea la serie. Su hijo Andro Perugorría hace de hijo de los dos en la serie y realmente el conflicto grande está entre ellos tres. Fue durísima, vivir todas las emociones de una cosa terrible, donde hay manipulación, maltrato, acoso psicológico, pero con estos dos actores tuve una empatía impresionante y me satisface regresar a Cuba con un trabajo fuerte y que me comprometiera también como ser humano.

TEATRO

¿Nada más en tus planes?

Siento que ha llegado un momento de madurez actoral y estoy preparándome para algo que anhelaba. Siempre he sentido mucho respeto por un actor solo en el escenario y no me había atrevido hasta ahora. Pero muchas ganas de hacer un monólogo y la inmensa suerte de que Abilio Estévez aceptó escribir uno para mí. Está en proceso, él lo está escribiendo y apenas termine, pues quisiera enamorar a Carlos Celdrán — ni sabe esto todavía — , para ver si lo puede dirigir, y ese es otro de los proyectos que tengo entre manos.

Pero alguien me ha hablado de un viaje a la semilla…

Quisiera agregar que desde el regreso, me he vinculado a lo que hice al principio de mi vida, cuando de niña trabajé con Okantomí y estoy formando parte del grupo, haciendo cosas que me están gustando. He preparado toda una serie de talleres para enseñar, porque trabajando con actores muy jóvenes me doy cuenta que tengo la capacidad de conectar con ellos, no he olvidado todas las cosas que me hicieron falta cuando era muy joven, y a veces no tuve o tuve. Siento una vocación grande en mí por enseñarle y darle caminos a la gente que empieza. En la obra que dirigió mi hermana Riri, Para subir al cielo, estuve trabajando en la preparación trabajo actoral, y además me ocupé de las coreografías, por aquello delo que bien se aprende nunca se olvida y aproveché de toda mi experiencia en el ballet.

Por muchos años, el excelente titiritero y actor Pedro Valdez Piña ha sido el director general del grupo, con la dirección artística de la incansable creadora y soñadora, mi hermana Marta Díaz Farré (Riri). Ahora, Piña ha decidido retirarse y, para mi asombro, me han propuesto que sea la directora de Okantomí, cosa que aprovecharía para que se haga justicia con este grupo, de un trabajo tan sostenido y especial que amerita mayor promoción para que muchos más niños y adultos puedan disfrutar de esa obra maravillosa. Ya en el trabajo artístico del grupo, haríamos una dupla muy buena, mi hermana como directora del espectáculo y yo como una directora de actores. Además, como el grupo por fin, desde hace unos añitos, tiene su local; quisiéramos ir armando allí, poco a poco, una salita propia. En fin, me gustaría hacer un montón de cosas con ese grupo donde hay grandísimos profesionales, tanto jóvenes como de más experiencia.

Entonces he aceptado y el Ministerio de Cultura también. No me he estrenado oficialmente porque cuando me fue informado, vino esta situación del coronavirus.

TU OBRA MÁS ACABADA

¿Qué cuentas de tu hija, tu “mejor obra” según tus propias palabras?
Ser su madre ha sido una experiencia única y fascinante. Me he empleado en ello con todo el amor y la intención de formar un ser evolucionado en todo sentido, espiritual, intelectualmente y humanamente. Estoy tremendamente orgullosa de mi hija; ella ha estudiado música en Cuba y en una academia de arte de los Estados Unidos. Ahora está en Madrid, España, terminando su carrera y justo ayer me mandó las imágenes de su tesis. Lo que iba a ser una puesta en escena en un teatro no pudo ser por el coronavirus, tuvo que ser filmada por ella misma y estoy muy complacida con lo que he visto.

Camila es un ser humano leal, honesto, preocupado por el otro y, además, una mujer de unos principios, no solo de los inculcados, sino los que ella misma ha desarrollado, con los que me siento muy a gusto y creo que es una mujer valiosa, y la admiro mucho. Una luchadora por sus sueños, a la que nada detiene, alcanzó esa universidad cuando había muy pocas posibilidadesde que un latinoamericano pudiera entrar, solo existía la opción de que entrara con una beca porque de lo contrario habría sido impagable para nosotros y logró le dieran esa beca.

Es una universidad donde ha recibido una formación muy sólida; a veces teniendo la tentación de que le ofrecieran antes oportunidades para trabajar, ella optó por formarse y ser una actriz con muchas herramientas. Creo que independientemente de sus grandes condiciones y las influencias de sus padres y sus abuelos, Camila se ha hecho un camino propio, con una valentía impresionante y que estoy convencida que va a ser una carrera muy, muy buena.